Me gusta ver a un señor. Me lleva 11 años y tiene un cuerpo delicioso. Siempre he sido su putita. "Siempre" quiere decir hace pocos meses, pero
siempre somos recurrentes. ¡Quiero chuparlo todo!
Tal vez el lunes o el martes. Si el karma gachito de los días grises no me alcanza...
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Me gusta un chavo, al que llamaré C. Tiene mi edad, una sonrisa amplia, linda nariz, dedos gruesos, espalda ancha. Me gusta ir avisitarlo a su casa y autoinvitarme a comer.
Yo le digo: ¿A qué te ayudo?
El responde: Niña, recuerda que yo tengo vocación de esclavo.
Es tan lindo.
A veces, lo acepto, lo acepto: la mugre en sus brazos no es lo más sexi, pero velo nomás, queriendome hacer su putita, también. O puedeque no. Que sea mi muletilla para encontrarle una gran cualidad, porque una chica como yo no puede tener un noviecito de buenos sentimientos. Yo no quiero un hombre al que tratar bien, yo quiero uno que me trate mal.
Si me lo imagino en
mi lecho no es para decirle cositas de amor, sino para chupar sus dedos y gritarle que me coja duro (en un mundo ideal...)
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De pronto un blog así, sin las entradas anteriores / que borré / me parece como una ex laguna que si nadie vio entonces no existió. Como si aquellas pendejadas que dije alguna vez hubieran sido una alucinación poco colectiva. Como si lo perdido, más perdido, estuviera condenado no al olvido de los demás, sino al mío mío.